Borges y Amorim – Dos historias


 
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Por: Pablo Rocca
 
NADA MÁS natural que un narrador publique algún que otro cuento. La cosa cambia si el cuento está dedicado a otro escritor, y este, a su vez, devuelve la atención. Y más si en el reembolso hay trazas de la invención que se había ofrecido en su homenaje. Este fue el atractivo del caso de los cuentos “Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges y “Gaucho pobre”, de Enrique Amorim. El primero, originalmente se publicó con el título “Hombre de las orillas” en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica, en 1933; con el nombre definitivo pronto su autor lo recogió en el volumen Historia universal de la infamia (Buenos Aires, Tor, 1935). Dos décadas más tarde, Amorim dio a conocer “Gaucho pobre” en su libro Después del temporal (Buenos Aires, Quetzal, 1953).
ARGUMENTOS. El célebre cuento de Borges transcurre en un periférico “salón de baile” de la ciudad de Buenos Aires, en el límite entre el siglo XIX y el XX. El narrador, personaje de la historia y testigo de los hechos narrados, “cuenta” lo acontecido una lejana noche. Bajo la ilusión del relato oral, de a poco se sabe que el narrador, muy joven, había rodeado al caudillejo de barrio Rosendo Juárez, y sabemos una y otra vez de su recuerdo inextinguible por la deslumbrante belleza de la Lujanera, mujer de su jefe. El primer extenso párrafo informa vagos datos sobre este entorno de individuos dados al tango, el trago y la pelea. De inmediato el foco se desplaza hacia Francisco Real, el Corralero, un temido cuchillero de la zona Norte de Buenos Aires, que se presenta con alguno de los suyos sin aviso y con determinación. La llegada del Corralero al rústico escenario produce la trifulca. Todos los hombres de Rosendo -incluyendo el narrador- sacan a relucir sus armas y, de a uno, enfrentan al forastero. De a uno, son rápidamente vencidos y humillados por el temerario visitante. Francisco Real sólo quiere luchar con Rosendo, el único al que considera a la altura de su coraje. Entonces, la anunciada “verdadera condición” de Juárez queda al descubierto. No se deja amedrentar por las desafiantes miradas de quienes lo consideraban el mejor, pero en un sorpresivo giro, desprecia la incitación de su mujer a la pelea, arroja su cuchillo fuera del local, y se retira. “Dejálo a ése, que, nos hizo creer que era un hombre”, sentencia la Lujanera, quien, sin demora, se tira a los brazos del recién llegado.
Pronto, en medio de una gran confusión y gritería, vuelve a escena el Corralero, que había salido del local con la mujer que acababa de ganarse, y ahora vuelve a entrar gravemente herido en el pecho, esta vez para morir en presencia de todos. La Lujanera, única testigo de lo que había ocurrido al descampado en la negrura de la noche, no pudo identificar al asesino, pero se adelanta a descartar que haya sido Rosendo. El episodio ulterior sucede años después, cuando en su rancho, el narrador-personaje se confiesa ante Borges: dice que revisó su cuchillo y comprobó con satisfacción que no quedaba ni un “rastrito de sangre”.
EL CUENTO DE AMORIM. Al igual que en el cuento de Borges, en “Gaucho pobre”, el relato de Amorim, se desconoce el nombre del narrador-protagonista, y la tercera persona de la narración se alterna con la primera. El relato de Amorim asume la mimesis de una situación oral del discurso y, como en Borges, hay un oyente-ideal que no interviene en el relato, pero que tiene el poder de escribirlo: “Mire, mi amigo, las cosas pasaron así. Yo dentré en la pulpería…”
Sin mediaciones, en los dos primeros enunciados el lector se topa con una estrategia retórica bifurcada: la voz del protagonista que supone un escucha ilusorio; el escenario físico de la historia (la pulpería del ñato Godoy). Allí, entre copa y copa, el clima se enturbia, y desde las primeras líneas el yo-narrador evoca sus provocaciones al rubio Freneroso, hasta el reto: “Si alguno me esperaba, no tiene más que seguirme”. La frase-desafío remite a la bravata de Francisco Real ante Rosendo en el cuento de Borges, pero a diferencia de lo que sucede con este último, Freneroso se siente aludido y no vacila en salir a campo abierto. A fin de retardar la acción inevitable que, después de todo, es lo que procura cualquier perseguidor de una anécdota cruel, en esta instancia el discurso trata de equilibrar el infalible empuje de los sucesos con el pensamiento del audaz protagonista, que parece acompasar los movimientos que dibuja el caballo de su contendor. El animal será el detonante de la pelea y de la muerte. Cuando Freneroso se aproxima a su oponente en la codiciada cabalgadura, el gaucho pobre decide hundir su cuchillo en el corazón de su malacara. Ese acto enfurece al Rubio, pero el gaucho pobre se justifica: “Me gusta tu lobuno. Y como de aquí no debe salir caminando más que uno… ¡Sobra un caballo!” El cuento de Amorim se cierra con dos acciones: el inmediato duelo y la implícita muerte del Rubio. “Lo que después pasó, no sé contarlo. ¡Que otro le ponga música!” La historia se remata con esta solitaria frase que concluye por darle sentido al título del cuento: “Y como soy un gaucho pobre…”
LECTURAS. A poco de aparecer Después del temporal, el 19 de marzo de 1954, Omar Prego Gadea reseñó este libro en el semanario Marcha. “Gaucho pobre” le pareció “lo mejor del volumen […] la peripecia está en función del relato, del ritmo, el personaje central está pintando en dos o tres trazos, entero, hay una felicidad peleadora en él, que está expresada con perfección”. No obstante el elogio, Prego cierra su comentario con una sentencia ambigua: “De algún modo, este cuento nos recuerda al ya célebre de Jorge Luis Borges «Hombre de la esquina rosada»”. Nada dice sobre referencias cruzadas entre los dos autores; nada agrega sobre la sustancia de ese recuerdo. En 1962, Arturo Sergio Visca incluye “Gaucho pobre” en su Antología del cuento uruguayo contemporáneo. En la nota preliminar apunta, algo tímidamente, que el texto de Amorim “parece tener cierta deuda con el cuento titulado «Hombre de la esquina rosada»”. Más tajante, unos años después, en el Capítulo Oriental dedicado a Amorim, Mercedes Ramírez afirma que “Gaucho pobre” es una “deliberada imitación de Jorge Luis Borges”.
Solapándose bajo esa tríada(“recuerdo”, “deuda”, “imitación”), laten los conceptos implícitos de diálogo e influencia. El primero supondría una mayor apertura en el acto creativo, que estaría necesariamente trazado por rutas interiores. La noción de diálogo entre textos comporta la posibilidad de encuentros y reelaboraciones, con lo cual la idea de la creación original sin más empalidece o caduca. El concepto de influencia presupone una matriz indeleble y una consecuente copia que, por su condición de tal, resulta subalterna, descartable ante el fenómeno que la habría inspirado.
Antes de los dos textos propiamente dichos, están las yuxtapuestas dedicatorias, que hablan de lazos de afecto entre los dos autores, y en un segundo plano, abren la puerta a una concepción de la literatura complementaria a este vínculo. “Hombre de la esquina rosada” está dedicado al marido de Esther Haedo, la querida prima “oriental”, como le gustaba decir a Borges. Esto nos puede hacer pensar en alguna larga tarde disfrutada en Salto, a orillas del río Uruguay o en “Las Nubes”, la confortable casa de Amorim, en la que el escritor argentino pudo contar a su semipariente esta historia que, luego, llevaría a la escritura. Se podría especular, incluso, en que hubo un preoriginal ensayado en rueda de amigos, como el que simula Borges con el narrador de “Hombre de la esquina rosada”, el que le contó una historia a él, escritor, único competente para doblegar la oralidad. O, por lo menos, puede pensarse que la dedicatoria habla del gesto amical.
Simétricamente, “Gaucho pobre”, está dedicado a Borges. El tributo crece más allá de la devolución de la cortesía. Porque en el caso de que “Hombre de la esquina rosada” fuera apenas un cuento ofrecido en homenaje al escritor de esta Banda, ante todo, “Gaucho pobre” es una historia que parte o recupera otra historia. ¿O habría que manejar la hipótesis de que Amorim le trasmitió esta historia a Borges en aquellos encuentros a la vera del río Uruguay, y que el porteño se apropió del modelo y lo traspasó del contexto rural al medio suburbano de Buenos Aires?
DE GAUCHOS Y COMPADRITOS. La elección de un gaucho introduce una muda estructural fuerte que no permite seguir la pista de la “deliberada imitación”. O tal vez sí. Dos razones del concepto de imitación, en el sentido aristotélico, podrían llevarnos a su rescate. Primero, este modus operandi creativo recuerda a la práctica artística que se ejerció durante cientos de años antes que el romanticismo instalara la idea de la originalidad en el hecho artístico. Sería otro gesto, como si uno y otro se hubieran puesto de acuerdo, tal vez sin convenirlo en forma expresa, en que sólo escribimos borradores que otros recogen y enmiendan. Segundo, con buenas razones podría postularse que los orilleros de Borges no son más que sucedáneos del sujeto rural que fue construyendo la literatura rioplatense con las permutaciones imaginables.
En Borges priva el arquetipo: el del enfrentamiento del hombre con el hombre, en que el cuadro general incide pero no determina. En Amorim, sin perder de vista este enfrentamiento atávico, la motivación individual pesa más que cualquier fuerza colectiva. En esta ficción hay una adherencia de lo social que se manifiesta en la omisión del nombre propio del protagonista, al que se identifica -desde su propia voz- por una marca genérica (ser gaucho), y al que se asigna un adjetivo que, en alguna medida, viene a funcionar como un atributo fuerte, casi sustantivado: “Gaucho pobre”. En otras palabras, su personaje no es un gaucho cualquiera y la pobreza es inseparable de este caso concreto.
En el cuento de Borges, el móvil para el crimen es la exaltación del coraje como valor supremo, el inmediato dominio de la comarca y -sólo como corolario natural de ese poder parroquial- quedarse con la mujer del otro. En la narración breve de Enrique Amorim, el más pobre doblega al más rico con el visible objetivo de apropiarse de un bien de este. En rigor, ese cumplido deseo de posesión expresa en el pobre -o quizá el más pobre de los dos- el oscuro deseo por salir, aunque sea simbólicamente, de una situación de minoridad. Y el cuchillo es la única herramienta que el más pobre tiene a mano para alcanzar su meta con celeridad. Francisco Real, aun en su bravuconería, aspira a recibir una lección moral: busca a alguien que le enseñe a ser más hombre y, si gana, obtendrá ciertos dividendos (ser temido por otros; una mujer; tal vez un caballo); el provocador del cuento de Amorim quiere obtener algo que lo eleve, más que nada, ante sí mismo, y quizá se pone en el camino de ser provocado.
Marta Spagnuolo ha demostrado que también en “Hombre de la esquina rosada”, Borges se nutre de referentes materiales pero, sobre todo, arma el andamiaje de la historia a partir de otra literatura. Un personaje capital en el cuento es, se dijo, la Lujanera. Borges elige ese nombre que por un lado designa un gentilicio comarcal (la originaria del partido de Luján), pero, por otra parte, se le llama Lujanera a la carta sucia en el juego de naipes, la que el jugador taimado introduce para aniquilar a su oponente. Quien primero habría usado esta imagen en la literatura rioplatense habría sido el poeta gauchesco Hilario Ascasubi, exiliado en Montevideo en tiempos del gobierno de Rosas, donde hizo una proficua labor de propaganda poético-política y, de paso, consolidó el género gauchesco. Borges tenía por Ascasubi una opinión más alta que la que le merecía José Hernández. En ese desglose pesaban razones ideológicas, ya que Ascasubi era una antirrosista insomne y Hernández, para Borges, un federal disfrazado. De manera que si Amorim abrevó en Borges, este lo hizo en Ascasubi, quien se inspiró en Hidalgo, quien se fundó en el romancero castellano… Y, todos, en la oralidad criolla o, mejor, en una imagen, en su pretendida reproducción y su simulacro. “Gaucho pobre” epílogo de “Hombre de la esquina rosada”, y este cuento un epílogo desfigurado, entre otras fuentes, de la gauchesca fundacional.
FINALES. A diez años de la muerte de Amorim, cuando Borges estaba completamente privado de la visión, decidió escribir otra versión de su cuento primigenio. El breve “Historia de Rosendo Juárez”, incluido en El informe de Brodie (1970), narra desde los últimos tiempos del personaje, quien ahora vive en el barrio de San Telmo, otra versión diferente: “Usted, señor, ha puesto el sucedido en una novela, que yo no estoy capacitado para apreciar, pero quiero que sepa la verdad sobre esos infundios”.
Cuenta Juárez que cuando empezó su gloria: “Me agencié una mujer, la Lujanera, y un alazán dorado de linda pinta”. O sea, no sólo la mejor mujer sino el mejor de los caballos, como el que ambiciona el “Gaucho pobre”, aunque la tonalidad del pelaje cambie en relación al que perteneció al rubio Freneroso: “Si me equivoqué, paciencia. Otros se pierden por una mujer […] El lobuno me olfateó en el aire como si ya fuese mío. Lo que hice, fue por aquel caballo. Lo juro por esta luz que me alumbra”. Claro que entre esos otros que se pierden por una mujer -o que una mujer los pierde- se encuentran Juárez y Real. Pero mientras el personaje de Amorim remarca la justificación de su lucha y su crimen, el temerario desafiante de “Hombre de la esquina rosada” centra el conflicto en la guapeza. (El artículo que se reproduce en estas páginas es el resumen realizado por Pablo Rocca de un ensayo propio titulado: “Duelos. Sobre ´Hombre de la esquina rosada` e ´Historia de Rosendo Juárez´, de Jorge Luis Borges y ´Gaucho pobre`, de Enrique Amorim”).


 
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1 Comentarios.

  1. Muy interesante. Para el lector común pasarían inadvertidas estas analogías, producto de la amistad y “complicidad” entre escritores.

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