En el libro “Apostillas a El nombre de la rosa“, Umberto Eco nos habla, entre otras cosas, sobre el título y su significado.
Para él, el narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, sino ¿para qué escribe una novela que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo -aclara- uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho de que toda novela necesita un título.
Para Eco, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Rojo y negro o Guerra y paz -dice. Algunos títulos llevan el nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, aunque este tipo de títulos –opina- puede ser una injerencia indebida por parte del autor. Pone como ejemplo “Le Pére Goriot” que centra la atención del lector en la figura del viejo padre mientras que la novela también es la epopeya de Rastignac o de Vautrin. Quizás -explica- habría que ser honestamente deshonesto, como Dumas, porque es evidente que “Los tres mosqueteros” es la historia del cuarto. Pero son lujos muy raros que el autor sólo puede permitirse por distracción.
Cuenta que su novela tenía otro título provisional: La abadía del crimen, pero lo descartó porque fijaba la atención del lector exclusivamente en la intriga policíaca y podía engañar al infortunado comprador de historias de acción, induciéndolo a arrojarse sobre un libro que lo hubiera decepcionado.
La idea del título final (El nombre de la rosa) se le ocurrió por casualidad y le gustó por la figura simbólica tan densa que encarna una rosa, que, por tener tantos significados, casi los perdió a todos. Para él, el lector, con este nuevo título, quedaba desorientado sin poder hacer una interpretación clara. Piensa que el título debe confundir las ideas, no regimentarlas.
Más abajo, Eco se refiere a la cantidad de lecturas que se pueden desgajar de una novela. Muchos autores cuentan el asombro que les causa leer análisis o estudios que ávidos lectores publicaron sobre sus obras, siempre descubren cosas que no notaron al escribirlas y que quizás nunca hubiesen visto.
Eco termina este capítulo concluyendo que “el autor debería morirse después de haber escrito su obra, para allanarle el camino al texto.”
La última frase no la entendí
Me recuerda a la muerte del autor,una movida francesa que desprendía al sujeto autor del texto.
Alda, a mí me cuesta tanto escribir y soltar el texto que pienso, sólo a veces, que me voy a morir sin publicar. Por ahí, Eco se refiere a dejar el análisis de la obra para los lectores y dedicarse a escribir otra. No sé si te sirve, a mí tampoco me resulta clara la última frase.
Yo la interpreté del mismo modo que Alicia.
Alguna otra opinión?
Creo que es así, tal cual dice Alicia tiene que ver con “la muerte del autor. La necesidad de separar a la persona física que escribió del producto escrito.
No confundir biografía con ficción, que lo sicológico del autor no empañe la historia relatada.
Es lo que venimos charlando hace tiempo…
En el capítulo que sigue “Contar el proceso”, dice:
- “El autor no debe interpretar. Pero puede contar por qué y cómo ha escrito”
- “Miente el autor cuando dice que ha trabajado llevado por el rapto de la inspiración”
-”Cuando el escritor (o el artista en general) dice que ha trabajado sin pensar en las reglas del proceso, sólo quiere decir que al trabajar no era conciente de su conocimiento de dichas reglas”
En el capítulo “Construir el lector”, dice:
-”Se escribe pensando en un lector”
Y en el último, “Para terminar”, termina con la siguiente frase:
-”Moraleja: hay ideas obsesivas, pero nunca son personales, los libros se hablan entre sí, y una verdadera pesquisa políciaca debe probar que los culpables somos nosotros”